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7.7.11

Sí Alice. Las dos sabemos que en el fondo, Kath sentía tal envidia que dañaba hasta el cariño que existía entre ellos, aunque Mily intentaba olvidar ese sentimiento feo. Ella no quería que más cosas empeorasen por culpa de los caprichos de Kath, porque Kath... Bueno, ella ansía tenerlo todo, y si es a la vez, muchísimo mejor.

A veces la odio a más no poder...

18.12.10

El regalo de Ely

Está tan oscuro que no llegas ni siquiera a ver la punta de la nariz, pero no te asustas porque de fondo se escucha una dulce melodía que te invita a seguir hacia adelante y con una sonrisa.
Te tropiezas una y otra vez, pero con las mismas vuelves a ponerte en pie y anonadada comienzas de nuevo a caminar de una manera danzarina, sin importarte quién pueda llegar a verte.
A lo lejos ves una tenue luz, pero apenas llegas a distinguir algo, ya que hay una niebla espesa que te impide vislumbrar bien.
Sigues y sigues, solo quieres escuchar ese canto de sirena sin importarte adónde puedas llegar a parar.
De repente te tropiezas con aquella luz que viste antes. Es una cajita.
La coges e intentas descubrir de dónde proceden esos destellos tan agradables sin éxito alguno. Con impaciencia intentas abrirla.
-¡Qué será!¡Qué será!- te preguntas.
Dentro está la respuesta de tu incógnita: son un millón de estrellas de diversos colores. Están esperando ansiosas a ser esparcidas por eso que tienes sobre la cabeza algo lejos de ti. ¡Pero no te asustes! No se caerá, tranquila. A eso, nosotros lo llamamos infinito.

4.10.10

tu macabra mirada

Descubrí. Sentí. Añoré. Susurré. Soñé. Lloré. 
Todo por un mundo extraño, donde habita todo tu ser. En donde nunca llegué a descubrirlo todo y menos aun, comprender lo que ya sabía.
El miedo recorría mis entrañas cada vez que me adentraba allí, pero también me gustaba contemplar aquel enmarañado lugar, porque nunca necesité un mapa para seguir adelante. 
A medida que iba transcurriendo el tiempo, sentía que se estaba convirtiendo en necesidad  el ir allí, el sentir tu perfume en el aire. 
Llegó el día en el que te apareciste ante mí y me di cuenta de que eras mi llave, con la cual podría abrir cualquier recoveco que tuviera cerradura, con la que, fuera a dónde fuera, me sentiría segura.